El caso de Ismael Lucena a la espera de justicia


Juicio a cinco policías

Esta tarde los jueces Alicia Freidenberg, Dante Ibáñez y Néstor Rafael Macoritto darán su fallo sobre el juicio por la muerte de Ismael Lucena, ocurrida el 10 de noviembre de 2011, mientras los cinco policías acusados que actuaron esa noche, esperarán en el banquillo. Las audiencias de juicio se iniciaron el lunes 18 de abril de 2016, y esta semana tuvieron lugar los alegatos. Para el jueves 28 se espera la lectura de la sentencia. Mondino Becero y Antonio Monserrat son los uniformados a los que se les solicita las mayores penas. Y Rubén Tejerina, Antonio Zelarayán y Francisco González, afrontan pedidos de pena menores.


Cómo fueron los hechos de Violencia Institucional


El 10 de noviembre de 2011, Ismael Lucena y Marcelo López fueron perseguidos por policías de Tucumán vestidos de civil. Ismael defendió a su amigo de un ataque directo de los policías y en respuesta recibió una golpiza que le provocó la muerte.


La acusación contra los policías Mondino Becero y Antonio Monserrat, y otros tres por encubrimiento, es por haber dado muerte a Lucena y provocado lesiones graves a López. Esa madrugada, Becero y Monserrat iniciaron una persecución vestidos de civil, es decir, no identificados. Ambos, advertidos por una vecina, buscaban a “unos ladrones” y según relataron “creyeron” que se trataba de Lucena y López. Obviamente, al verse perseguidos por hombres armados que, además, no estaban identificados, los dos jóvenes intentaron escapar.


Varias horas después de haber sufrido el ataque y la golpiza, tras haber sufrido convulsiones y dos paros cardíacos, Ismael falleció. En el parte médico figuraba un politraumatismo causado por un golpe en su cabeza, lo que le generó un coágulo en el cerebro. Su caso pasó a ser un emblema contra la violencia policial. Aunque, lejos de ser una excepción, es uno más de los miles de atropellos policiales que los sectores más vulnerables de la sociedad sufren diariamente.

Roberto Delgado, escribió en La Gaceta el 23 de abril que “La justificación de los policías fue que los confundieron con ladrones. Y allí empezó el relato policial de una historia precaria e insostenible. El oficial Monserrat dijo que Becero confundió a Lucena con un tal “Rengo”, que le había robado días atrás. Becero dijo que les dieron la voz de alto y que los jóvenes siguieron. “Si alguien escucha ‘¡alto, policía!’ y corre, tiene algo que ocultar”, definió con seguridad lombrosiana. También dijo que nunca labró la orden de detención porque “le dijeron que no hacía falta”. En la ronda de acusaciones mutuas, Monserrat dijo que él sabía que Becero les iba a pegar: “en la Policía se lo conocía por su torpeza. Es una persona prepotente, que ‘se saca’. Tiene varias causas por lesiones. Cuando yo llegué, estaban los dos muchachos reducidos. Becero estaba con López y el dueño de casa con Lucena, que estaba sangrando” (La Gaceta, 23 de abril de 2016; Otro rati horror show).


Violencia Institucional es confundir Seguridad con control de pobres


Durante la persecución, esto ya se sabe, luego de efectuar varios disparos, los policías lograron alcanzar a los jóvenes y la expresión espontánea que lanzaron al aire fue “Te voy a matar, chorrito”, mientras le apuntaban con una de las armas.



El doctor Esteban Rodríguez Alzueta, abogado y magister en Ciencias Sociales, afirmó en el marco de una charla debate sobre violencia institucional y criminalización de la pobreza realizada por la mesa de apoyo a la causa de Ismael, que es casi un cliché escuchar en propuestas de gobierno ideas como “mejor prevenir que curar” o “tolerancia cero”. Se refirió a que hoy los planes de seguridad apuestan a una redefinición del rol de la policía y una fuerza de prevención del delito. Alzueta explica que esa tolerancia cero hacia los hechos delictivos ayuda a construir una cultura vecinocrática que transforma a los ciudadanos en asistentes policiales y en protagonistas de control participatorio, basado en prejuicios de clase. Si un grupo de jóvenes se junta en una esquina es llamativo. Si ese grupo de jóvenes tiene tez trigueña y usa gorra es directamente peligroso. Por eso se dio la situación de que los policías asesinos hayan estado merodeando la zona un día de franco a partir de un llamado telefónico de una vecina que “escuchaba ruidos raros”. Donde no los había. Se va instalando con pequeños gestos y prácticas silenciosas pero recurrentes una cultura de la delación de la vecinocracia que con el tiempo se asume como preventiva. De ahí que haya sido posible que una vecina advierta a la policía por movimientos “supuestamente sospechosos en el barrio”. Estas prácticas recurrentes van construyendo códigos y naturalizando señales que al compartirse en grupo van consolidando una cultura común. Policía y vecinos se van mimetizando en un modo semejante de interpretar los delitos y caracterizar a sus autores, un modo que asigna una correspondencia natural y espontánea en ese binomio, por el cual, por delito se entiende un número limitado de transgresiones y se especula que sus autores potenciales deban reunir determinadas característica (vestir de una manera, tener determinados rasgos físicos etc.).


Como se tituló en una nota del Colectivo La Palta, el problema es que “El Blanco es el Negro”, y que la puntería eficaz de cada ataque policía no cesa en para cobrarse víctimas, extendiendo estas prácticas naturalizadas de violencia avaladas por un sector de la sociedad que las alienta. Porque el objeto de la policía, como explicó Alzueta, está hecho de acciones colectivas o acciones que implican a colectivos de pares. Estas acciones colectivas suponen peligros para la vecinocracia, que agudiza su olfato y, construye con esto, el olfato social. Visto de este modo probablemente Ismael Lucena no habría fallecido si esa vecinocracia no hubiese existido.


Julia Albarracín, abogada querellante, relató que “en este juicio logramos demostrar lo que verdaderamente pasó esa noche con Ismael y con Marcelo. Eso es algo importante porque de Ismael se dijeron muchas cosas y le atribuyeron responsabilidades que afectan mucho a la familia”. Luego dejó en claro que este juicio sirve para reparar las subjetividades y el dolor con la verdad. “El nombre de Ismael sí vale. Era una persona sin antecedentes, con un perfil de carácter tímido, sin intenciones de molestar a nadie. Eso es lo que queremos hacer valer en relación a cómo se dieron los hechos”, sentenció Albarracín. Aunque siga sin ser un tema que cope la atención de los medios, ni que conmueva a las mayorías sociales, es uno de los temas más sensibles que nuestra Democracia tiene como un pendiente. Construir fuerzas de seguridad que crean en los Derechos Humanos, que los lleven a la práctica, que entiendan su trabajo como parte del cuidado que la sociedad necesita y que de una vez por todas dejen de ser una amenaza permanente.

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