De Raco al obelisco a bailar malambo


Antes de terminar el año escolar 40 alumnos de 3ero a 6to grado de la escuela Gaspar de Medina de Raco hicieron las valijas, se subieron a un micro de larga distancia y viajaron a Mar del Plata y Buenos Aires. No era un viaje de estudios, ni iban a presentarse a una feria de ciencias, tampoco fueron invitados a Tecnópolis. No. Era un viaje de placer, como el que hacen hasta cuatro o cinco veces al año muchas personas para sentirse curados de la rutina. El viaje fue en parte posible por una donación de un veraneante y se sumaron actividades de la misma escuela para recaudar fondos. La comunidad educativa integrada por un objetivo común. Fue una semana de felicidad plena y la posibilidad de que en la mayoría de los casos conocieran el mar y la ciudad de la furia.


El primer día que volvieron del viaje los chicos viajeros tuvieron que hacer una tarea, una narración sobre cómo les había ido durante el viaje, qué lugares conocieron, qué lugares los había impactado. Tenían que graficar los paisajes que conocieron y hacer dibujos. Uno de los dibujos, que no tenemos aquí, fue de los chicos jugando en la playa, era de esperarse. La situación plástica sintetizaba un mini diálogo entre el estudiante raqueño y su maestra. Él salía del agua y corría hasta donde estaba la maestra que los miraba con sigilo como si fuese la bañera que tiene como misión evitar cualquier riesgo, los miraba con ojos felinos y entregados al detalle. En la escena del dibujo que alumno hizo de tarea pasó así, el chico corrió con el cuerpo húmedo aún de salir de repente del agua y llegó a tocarla para llamarle la atención. “Seño, seño”, le dijo, y ella lo miró.



“Gracias, estos son los días más felices de mi vida”. Y la maestra sintió que estaba participando de algo importante.


Un viaje que los transformó


Maria Paz, docente de la escuela Gaspar de Medina de Raco y viajera junto a los chicos dijo que “El viaje significó una integración muy linda y aunque se conocían de mucho antes este viaje fue muy movilizador e integrador. Porque les dio la posibilidad de encontrarlos en una situación nueva y distinta. Todos se cuidaban, no hubo peleas. Todos nos cuidábamos especialmente en la playa”.

Luego contó que “fuimos a conocer la ciudad de Mar del Plata y la ciudad de Buenos Aires, recorrimos el Cabildo, la Catedral, la Casa de Gobierno, Plaza de Mayo, caminamos por la avenida 9 de julio, Corrientes, Callao, Obelisco, todo fue un descubrimiento para ellos”. Qué bueno que aparezca el verbo conocer y el sustantivo descubrimiento para describir situaciones y escenarios que a muchos nos parecen datos de la naturaleza, por demás obvios o presentes. Porque a estos changos esas situaciones y escenarios los empezaron a transformar desde el mismo instante en que practicaron el verbo y ciñeron con el corazón el sustantivo.


Una excusa para no parar de sacar fotos


“El viaje fue muy transformador, los chicos se sacaron muchas fotos y algunos niños bailaron chacarera y malambo en el obelisco”, contó María y ese dato ya justifica el viaje. Bailar malambo en el obelisco, es el dato. Tal vez haya sido el momento del viaje en que los chicos y chicas se hayan sentido más fuertes, más locales, menos visitantes y mucho menos vulnerables.


Tal vez los porteños, uno, dos, o veinte interrumpieron su andar citadino, de vértigo asumido para quedarse embelesados por unos minutos viendo niños tucumanos zapateando el cemento que rodeaba una de las moles monumentales más emblemáticas de la ciudad donde atiende Dios. Y si eso fue así, era necesario ese viaje, ¿no?.


Miramar era más chica, pero de linda


“Fuimos a Miramar a pasear. Una ciudad más chica que Mar del Plata pero igual de bonita, con una peatonal muy linda, fuimos a los negocios, las playas. Lo más lindo fue la cara de sorpresa de los niños por la inmensidad del mar. Reconocer la diferencia que hay entre un rio como el Rio Grande donde se bañan en el verano y le mar es realmente muy fuerte” expresó María con un relato de impacto.


Sobre viajes, ritmos y enseñanzas


Un viaje impone ritmos y enseña sus propios códigos. La maestra valoró los que se asocian a la disciplina y a las necesidades que impone la convivencia regulada de las grandes ciudades. “El hecho de estar en hotel, conocer normas, horarios para desayunar, cuidar habitaciones, cerrar con llave, que no es lo mismo que estar en la casa, o aprender cómo comportarse en un comedor, la forma de manejarse en el hotel, compartir con los compañeros las habitaciones respetando a los demás. Que se tienen que bañar dejar la ropa acomodada para poder salir al otro día fueron aprendizajes que hicieron entre todos” definió la profe Paz.



Cuando le consultamos sobre qué cree que aprendieron con el viaje, no dejó en segundo plano la potencia socializadora del evento “en un viaje te movés en otro ambiente. Distinto al ambiente al que estás acostumbrado. La necesidad de estar sentados en un comedor, o de ser respetuosos con los mozos o con las mucamas que asean las habitaciones. Dar las gracias, pedir por favor. Todo lo que hace a los gestos respetuosos fue una experiencia muy interesante que hicimos con los chicos y chicas” consideró Paz.


Al mismo tiempo destacó la predisposición de los coordinadores. Los estudiantes hicieron buenas migas en el marco de un viaje de 24 hs por tramo. Durante el viaje, tanto de ida como de vuelta, cantaron, contaron cuentos y jugaron.


Y También aprender las capitales


María Paz no perdió el tiempo para darle un toque de aprovechamiento escolar al traslado. “A medida que íbamos pasando por las distintas ciudades de las otras provincias prestábamos atención a los nombres, intentábamos memorizarla, también intentábamos charlar sobre las actividades económicas de esas ciudades. Los chicos pudieron ver paisajes muy distintos al nuestro. Todo lo que vemos durante el año en Geografía lo observaron en el paisaje mientras viajábamos”.


En la ciudad de las olas y el viento


Excursiones de esas que no se hacen en Raco. La docente contó que “fuimos a Aquopolis, un campo para hacer juegos acuáticos, en el que además almorzamos y merendamos. La verdad que pasamos un día hermoso a pesar del viento. Otro día fuimos a Aquarius a ver un show de Lobos Marinos y de delfines. Vieron garzas, cigüeñas, grullas, etc. Y después nos fuimos a la playa otra vez”.


Avenidas grandes y anchas


Buenos Aires, es cierto, es para caminarla, para dejarse llevar por la ciudad, muchas veces sin mapa en mano, sin itinerario, sin horarios de salida y de entrada, una ciudad que pide en sus cafés y bares que la gente la pruebe como si fuera una bebida o una comida hecha con amor. Buenos Aires es para sacarse fotos sin buscar tanto ángulo, sentarse en un banquito vacío en alguna esquina o plaza, y seguir caminando otra vez.



“En CABA a los chicos les llamó la atención lo grande que son las avenidas” dijo María, “o por ejemplo que el Hotel tenga muchísimos pisos, y un ascensor enorme. Pero también que las habitaciones tenían puertas que para abrirlas usaban una tarjeta magnética, o sea que eso implicaba que uno de los chicos tenía que tener la responsabilidad de tener la tarjeta y no perderla. Eso fue una experiencia maravillosa porque generaba roles, elegir al más responsable, al que cuidaba al grupo”.


María contó que “El día que volvíamos a Tucumán, fuimos a pasear a La Boca, vieron Caminito, vieron cómo eran las casas, leyeron un montón de carteles, se compraron camisetas. Se sacaron muchísimas fotos. Y de ahí partimos a Puerto Madero. Todo los encandilaba. Y después vimos la cancha de River así que también se sacaron fotos y lo pasaron muy lindo. Fue dos días antes del clásico, estaban como locos por eso, lo estaban anticipando”






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