top of page

“Vos, porque no es tu hijo”


Era la culminación del episodio de linchamiento. “Vos porque no es tu hijo”, me dijo una mujer visiblemente indignada porque yo pedía que dejaran de insultar y amenazar a un adolescente de 13 o 14 años en pleno centro. La nariz del chico sangraba y él decía “yo no he sido, no te he hecho nada, te juro”, mirando a los ojos a una nena de unos 7 años que lloraba desde adentro de un transporte escolar.


El griterío de los linchadores y linchadoras aturdía. Las dos mujeres policía, recién llegadas, trataban de entender qué había pasado, y yo no podía creer que nos permitamos como sociedad estas reacciones. Les trataba de decir que nadie puede arrogarse el derecho de resolver a las trompadas un supuesto hecho peligroso. Pero las madres y padres de la esquina lo veían y sentían totalmente lógico.


Los hechos: un joven que maneja un transporte escolar había dejado solas a las niñas que llevaba, en la esquina de Muñecas y Córdoba, en pleno centro, donde transitan cientos de personas todo el tiempo. Las niñas comenzaron a llorar y decir que estaban solas. Un grupo de padres y madres que salían con sus hijos de la escuela se acercaron. Yo también. Una niña llorando y muy asustada sostuvo que alguien les había intentado abrir la puerta del transporte. Inmediatamente miró desde la ventanilla y señaló a un adolescente que habitualmente abre (o abría, porque al día siguiente no estaba) las puertas de los taxis a cambio de una moneda.


“Fue él”, dijo la nena, y dos hombres adultos se le fueron encima. “Te voy a cagar a trompadas” fue lo más sutil que le dijeron. “Gato, andate y no volvás más por acá”, decía el grandulón que miraba al chico bien desde arriba. Me fui encima del hombre. Traté de frenarlo, de decirle que no le pegara, que no sabíamos qué había pasado y que era un niño. El fotógrafo de la escuela, que tomaba café en la vereda del bar de la esquina dijo que él había visto todo, y que el chico solamente estaba sentado en el cordón de la vereda y que no había hecho nada. “¿Y qué tiene que hacer sentado en el cordón????” increpó una señora que pasaba y se entusiasmó con el linchamiento.


Entonces apareció el transportista, y detrás de él otro adulto arrastrando del buzo al adolescente en cuestión, que estaba ensangrentado en la cara, con el típico gesto de dolor tras haber recibido dos trompadas. Pregunté quién le había pegado, me miraron como diciendo “qué importa” y me dijeron que había sido el transportista...pero es que en realidad eso no importaba...porque harían fila para sacarse las ganas de darle una buena piña al chico.


Las mujeres policía miraban para todos lados y con una pequeña libretita y una birome se desesperaban por capturar un testigo que dijera algo. Me miraron a mí y me preguntaron “Usted es la que defiende al chico?” Sí, le dije, lo que defiendo es que no le peguen. Las mujeres y hombres alrededor me increpaban y una en particular insistía con que yo actuaba así porque no se trataba de mi hijo. Solo algunos le facturaban al conductor de la combi el haber dejado solas a las nenas.


No faltaba el que grababa con un celular la escena. Porque en tiempos de psicosis colectiva sobre la inseguridad, lo importante es capturar el momento y hacerlo circular. Ese mismo día se habían publicado desmentidas de dos supuestos intentos de secuestro en nuestra ciudad, y ahora una niña a la que un adulto irresponsable dejó sola en el transporte con compañeras (como supimos por él mismo, porque había faltado el acompañante, que no fue reemplazado por el dueño), se asustó y encontró en un adolescente pobre en situación de calle al candidato ideal para acusarlo.


No es necesario aclarar que incluso si el joven hubiera intentado abrir la puerta los adultos no tienen derecho a lastimarlo, pero en este caso es demasiado evidente que los prejuicios aprendidos por la niña la hicieron juzgar sin información, porque el único testigo del hecho dijo que el chico no había hecho tal cosa.


Cuando nos oponemos a que se baje la edad de punibilidad nos referimos a la imperiosa necesidad de proteger a esos chicos y chicas que están cotidianamente sometidos a la violencia de no tener para comer, de no recibir un trato digno en la atención médica, de estar expuestos a las adicciones, de quedarse fuera de la escuela, a la violencia institucional y hoy a un peligro social muy severo, la violencia simbólica de los estereotipos que se hace carne que sangra concretamente por la legitimidad de los linchamientos en la vía pública. Cuando hablamos de la portación de rostro, de la amenaza que es para un chico pobre circular por el centro de la ciudad a riesgo de ser sospechoso de todo tipo de delitos nos referimos a este tipo de peligros.


La escena simplemente es una más, de las que viven cada uno de sus días frente a la indolencia creciente de gran parte de “la gente”.

Entradas recientes
Archivo
Secciones
bottom of page